Hablar es menos importante que callar. Sin embargo, proliferan los maestros para hablar mejor en privado, para hablar mejor en público, para simplemente "hablar mejor". En suma, la gente cree que es importante hablar bien.
Pocos son los que aprecian el arte de callar. Como prueba, dice la sabiduría popular que el silencio vale oro; y hasta las moscas temen acercarse a las bocas cerradas.
Pero la fuerza de la costumbre es grande. Cuando nos hacen una pregunta cuya respuesta ignoramos, en lugar de optar por el sano silencio, contestamos lo primero que se nos viene a la cabeza a ver si le atinamos, o contestamos equivocadamente de puro atrevidos, o respondemos a lo que no nos preguntaron fingiendo un malentendido. Todo por no quedarnos callados: nos da miedo el silencio.
¿Qué va a pensar la gente si no hablamos? ¿Que tenemos la cabeza hueca? ¿Que estamos en Babia? ¿Nos estaremos haciendo los sorditos, nos falta un tornillo, somos bobos? No sé por qué nos asusta el pulcro sonido del silencio. Y callar cuando no tenemos nada qué decir, nos aterroriza.
Preferimos, en nuestra torpeza sonora, expectorar palabras, sonidos, voces, ruidosas exhalaciones de aire, porque creemos que todo ese ruido con el que nos rodeamos nos defiende de los otros. Mientras yo esté hablando, el interlocutor permanecerá callado, y reduciré así el riesgo de que me arrincone en alguna cuestión difícil o embarazosa. Mi silencio permite que los demás intervengan con sus palabras.
Más aún, mientras hablamos nos sentimos rodeados de la sensación engañosa de no estar solos. En lugar de dentelladas, nuestra boca lanza vocabulario hacia dispersos rincones para mantener a distancia prudente a quienes estén cerca de mí. Contrariamente, en el silencio la soledad me invade, tengo tiempo de mirarme a mí mismo, de saber que la gente tiene la puerta abierta para hablarme, que me he quedado conmigo mismo, sospechosamente callado. ¿En qué voy a pensar si no hablo? ¿Quién me va a probar que existo si me privo de la complicidad de mi voz? ¿Qué soy, yo mismo, callado, qué valgo?
"El que calla, otorga", repite la sabiduría común, como si esto fuera cierto. Yo tengo una pregunta para los que nunca dejan de hablar: Si el que calla, otorga, ¿el que habla, niega? No me contesten, hagan un primer esfuerzo para ejercitarse en la disciplina del silencio.
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