Cuando suena el teléfono, en cada quien se despierta una imaginación adormecida. En algunos es la ilusión de que llame quien estoy pensando; en otros, la esperanza de buenas noticias. Para todos, el instante que va de descolgar el teléfono a poner la bocina en el area de nuestro oído, es un momento único en el que el cerebro formula, preparándose, decenas de preguntas: "¿quién me llamará?", "¿para qué?" "¿Cómo será la voz?" "¿Qué va a decirme?"
A veces, raras y acariciantes veces, uno termina de hablar por teléfono y se queda con una música en el oído. "¿Qué me dijo la voz que me llamó, qué me quería?" No acertamos a acordarnos ni siquiera del nombre de la persona que estuvo con nosotros en la línea, sólo notas, arpegios, melodías se empeña en recordar nuestro oído, sensiblísimo cuando le hablan a la oreja.
Es verdad también que, en días en que la vida nos agarra menos poéticos, descolguemos distraídamente el aparato para ausentarnos en cuanto decimos "bueno". Sí, hay una voz en el auricular, y por cortesía le respondemos, y en la distancia de nuestro ensimismamiento, le damos la réplica a la conversación a golpe de noes, síes, órales, y cómos no. Sin duda estamos haciendo otra cosa: sacándole la punta al lápiz, cepillando al perro, mirando el atardecer que no acaba de irse, oyendo nuestro disco preferido con la otra oreja... Es terrible la complicidad del inalámbrico.
Lo que es seguro siempre es que cuando me hablan por teléfono espero la visita de una voz. No otra cosa va a entrar en mí cuando mi mano detenga el retintinear de la campanilla anunciadora de que alguien quiere hablar conmigo, escucharme y que lo escuche. La voz lejana que se oye cerquita y que, paradójicamente, mientras me acompaña, no me quita la privacía de estar solo conmigo mismo. El teléfono es un buen compañero. Cuando no suena, cómo lo odiamos; y cómo, también, en ocasiones, quisiéramos no contestarlo cuando suena.
El día ya no lejano en que los teléfonos tengan una pantalla para que nos veamos mientras hablamos, vamos a extrañar el solitario sonido de nuestra voz de antaño, y nos va a dar nostalgia el recuerdo de cuando hablar por teléfono era entrar en contacto íntimo, gracias a la voz, con el cuerpo de quien acaba de levantar la bocina, y nos escucha, cerca, con el oído a nuestra merced.
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