El tiempo ha pasado, las calles ya no lucen igual, absolutamente todo ha cambiado (al menos en mi interior, por fuera todo sigue igual). Ya mi sombra no recorre los pasillos oscuros de presidencia municipal a las 2 de la madrugada ni mi cara se tiñe de colores desde las 6 de la mañana para salir a los cruceros a difundir el proyecto de un soñador que no pasó de ser eso y nada más. Deposité mis sueños y confianza en alguien que no supo entenderlos, creerlos y darles valor, fui un vil muñeco de una mente que no sabía ni sabe a dónde va. Entre los ruidos de los carros, el sol abrazador a las 12 del día y la desesperanza de la gente, entendí cual es mi lugar, mi rumbo y destino (al lado de los míos, del pueblo).
Tristemente, busqué ser profeta en mi tierra y las pocas oportunidades que ésta ofrece me hicieron emigrar, dejar atrás los míos en busca del progreso. Irónicamente, se crece más donde creen en lo que eres, respetan lo que piensas y te tratan con dignidad, donde eres visto, más que como un “académico profesionista”, como ser humano capaz de generar, no sólo de obedecer.
Y ahora, que regreso ocasionalmente a esta tierra que tanto quiero, que tantos recuerdos me trae, me invaden sentimientos encontrados. Por un lado, disfruto como nunca ver las calles con piedras húmedas, tranquilas, mudas testigos de las vidas que las pisan a diario y por otro lado pienso en todos los jóvenes que se esfuerzan a diario, que estudian, que buscan concluir con esfuerzos una carrera. ¿Qué les depara en su futuro profesional cuando quien debiera darles buen destino se empeña en cerrar puertas, en no creerles y en cambio, les ofrece como única fuente de empleos escoba, recogedor y pinturas para maquillar el rostro y ocultar así la vergüenza de la mediocridad reinante al menos, por un año más?
Y es que, ahora ya no se está “Entre azul y buenas noches”…los ojos se han abierto y prefiero decir “Entre azul y no me olvides”, que aquí estoy.
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